Cuando innovar no es suficiente

Viernes, 4 Noviembre, 2022

Artículo escrito por el Key Opinion Leader del área de Innovación del ecosistema Más Empresa de Ibercaja, Rafael Moreno

Si quieres aprender más sobre innovación, tendencias y cómo aplicarlas en la empresa, Rafael Moreno impartirá en Madrid una sesión el próximo martes 15 de noviembre. Más información e inscripciones aquí. 

“Queríamos coches voladores y tuvimos 140 caracteres” es el motto por antonomasia de una parte de la sociedad expresado por el emprendedor e inversor Peter Thiel a propósito de los efectos de la industria de Venture Capital (VC).

Independientemente de si el personaje en cuestión es parte del problema o de la solución, lo interesante es la reflexión que plantea: ¿estamos aprovechando al máximo nuestro potencial de innovación? Aquí el 'nosotros' es importante, ya que para sacar conclusiones sistémicas conviene mirar desde una perspectiva sistémica. No sé si somos un superorganismo, pero desde luego no somos un agregado sin más de individuos, de modo que ‘nosotros’ debe ser necesariamente el conjunto de la sociedad (si no planetaria, al menos cultural).

Complementariamente, están las externalidades (spillovers): destrucción del suelo, cambio climático, destrucción de hábitats y especies, contaminación, agotamiento de recursos naturales, desigualdad, vigilancia digital…Es obvio que, aunque hayan tardado cierto tiempo en anticiparse, y aún más en manifestarse o en llegar a constituir un problema inaplazable, nuestras innovaciones han venido acompañadas de un gran precio a pagar, o no hemos sido capaces de acompañarlas de marcos socioeconómicos, innovaciones, y otros cambios adicionales necesarios para que el resultado fuera sostenible.

De modo que tal vez la pregunta sería más bien ¿Nos está fallando la innovación?

El aprendizaje, entendido como la capacidad de actualizar el conocimiento disponible y actuar en base a él para progresar, está reconocido como una de las competencias clave de futuro. Deberíamos por tanto estar aprendiendo algo de la actual crisis energética y climática, para mejorar nuestra actividad económica, nuestros sistemas de gobernanza, nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos…nuestra vida, en definitiva. ¿Cómo hemos llegado aquí?

¿Por qué no hemos sido capaces de mantener una capacidad de cambio acorde a la generación de problemas derivados? En definitiva, deberíamos estar innovando mejor. ¿Lo estamos haciendo?

Verán queridos lectores que este no es un artículo de recetas. Para trazar una ruta suele ser necesario compartir un destino, un punto de partida, y algunos mínimos de por dónde se puede y no se puede ir. Si bien en nuestro mundo caben muchos mundos, y sería trágico que no fuera así, es imprescindible cierto terreno común que en muchos ámbitos por desgracia no tenemos.

Sí compartiré algunos ingredientes que creo son fundamentales para este empeño, y sobre todo algunas reflexiones en torno a una serie de temas en los que las cosas podrían ir (o podrían estar ya yendo) por un camino cuanto menos cuestionable, y verán más preguntas que respuestas. “La pregunta es lo que nos impulsa Neo. No existen preguntas sin respuesta, sólo preguntas mal formuladas”. No busco consenso y cada uno de ellos daría para hablar largo y tendido, más allá de la capacidad de este artículo, pero podremos al menos otear la madriguera de conejo.

No crean que mi intención es apoyar el inmovilismo. Más bien todo lo contrario, es una llamada a la acción: no se trata de no cambiar por miedo a la incertidumbre, sí de cambiar de forma consciente, intencionada, y holística, actuando sobre todos los distintos ámbitos que sean necesarios para que dicho cambio constituya un progreso. Empecemos.

Los baches de la IA

La mayoría del increíble avance experimentado por la IA en las áreas que nos son más cercanas en la última década, ni siquiera es considerado IA en muchos círculos académicos. El aprendizaje automático en sus variadas formas presenta no sólo casos de problemas de sesgo en los datos de entrenamiento o de reproducción inflexible de sesgos existentes, sino también otros de carácter más esquivo.

Por ejemplo, la puesta en marcha de muchos de estos sistemas en aplicaciones poco indicadas (como aquéllas que se desarrollan en entornos complejos adaptativos, aquéllos con agentes cuyo comportamiento cambia y se ve influido por el entorno), en las que la consciencia, la empatía, o la intuición son funciones cognitivas (y emocionales) fundamentales empleadas por la mente para convertir en aparentemente sencillas ciertas capacidades en la percepción o la toma de decisiones.

Desplegar en entornos reales sistemas basados en modelos de datos insuficientes con relación al uso que se hace de ellos supone aceptar unas tasas de error, que en algunas circunstancias, a pesar de ser muy buenas, pueden ser insuficientes (p.ej. en la conducción autónoma en entornos urbanos). ¿Estamos dispuestos a pagar el precio de su curva de aprendizaje?

¿Sabemos tan sólo cuál es ese precio? De hecho, ¿sabemos que podemos no llegar a un nivel de rendimiento adecuado? O peor aún, ¿generaremos nuevas externalidades de modo que en conjunto estamos peor?

O el exacerbo de la competencia en torno al dato como fuente de ventaja competitiva, en torno a la cual generamos dinámicas de formación de silos de datos, apropiación indebida, modelos sesgados pero propietarios, falta de transparencia y capacidad de evaluación de los modelos, etc. Salud, por ejemplo, es un entorno especialmente proclive a desarrollar planteamientos cuanto menos sub-óptimos en pos de la competencia y la diferencialidad, cuando por otro lado los fuertes marcos regulatorios hacen que la colaboración en este ámbito sería mucho más productiva.

“Las normativas están ahí para controlar esas cosas” me dirán ustedes acertadamente, pero recordemos lo que suelen tardar en incorporarse en ámbitos de nueva aplicación, por no hablar de que en ocasiones no son el instrumento más efectivo.

Hipermercantilización del servicio

La transformación del producto en servicio es una ola con bastantes años de recorrido ya: ingresos recurrentes, información actualizada y continua del cliente, servicios de valor añadido sobre esa información, acceso a segmentos de cliente inaccesibles, etc. Se convirtió en un recurso muy socorrido para consultores, mentores, y perfiles de diferente tipo para mostrar visión estratégica.

Era tal vez inevitable que esa tendencia se llevara al extremo, como está explorando BMW con su sistema de cobro por activar el calentador del asiento. Hay algo ciertamente entristecedor en cobrar por lo incobrable, pero la economía de las microtransacciones presenta tantas posibilidades que probablemente como sociedad veamos más natural comerciar con nuestra dimensión experiencial al más mínimo nivel (sobre un sistema descentralizado por supuesto) que p.ej. evolucionar (innovar) el sistema socioeconómico acorde al avance de la productividad y los límites físicos del planeta.

Y el metaverso como máximo exponente de este futuro plausible hiperdigitalizado, en el que será posible registrar y vender cotidianamente gestos, acciones, o miradas que hoy aún pertenecen al ámbito de lo privado y personal, del mismo modo que ya se comercia con lo que decimos y escribimos. Y no necesariamente para ayudarnos en alguna necesidad fundamental humana, sino para seguir compitiendo sin fin en la economía de la atención. Viendo la evolución que tuvo Internet en general y la web en particular, y los agentes que están queriendo liderar el desarrollo, ¿no ven ustedes razonable que podamos llevar esta deriva?

Diversificación y atomización no productivas

Algo que siempre me llamó la atención sobre el emprendimiento como fenómeno masivo es la cantidad de “desperdicio” que genera. Entiéndanme, en el sentido de lo difícil que es medrar por un lado y del muda por otro, porque ante el mantra de que de todo algo se aprende, lo cierto es que en un contexto con tantas variables es muy probable que ni siquiera saquemos las conclusiones adecuadas.

También en un sentido más prosaico: miren si no la cantidad de startups que hemos generado, todas teniendo que llevar su contabilidad, sus obligaciones fiscales, sus contratos, sus contactos con la industria, su desarrollo de negocio… Por mucho que con la digitalización hayamos mejorado tanto los números de productividad en todos estos ámbitos (sin que ni siquiera haya que mentar la transformación digital para ello), no deja de ser llamativa la explosión administrativa que supone una economía basada en micro-empresas de 1 producto.

Aunque los caminos del crecimiento y la diversificación son inescrutables, lo cierto es que en muchos casos la falta de un modelo que explote auténticamente el long tail supone una rémora que no puede con tanta curva de aprendizaje, overhead, coste de transacción, etc.

Y entonces llegó blockchain, tecnología atractiva, transversal, y estimulante de la imaginación para las startups donde las haya, con efectos como la transmutación del fundrasing en ICOs, IEOs, IDOs, etc. Pero que no deja de ocultar un hecho incómodo: ahora además micro- empresas de 1 producto, queremos tener micro-economías enteras de 1 producto, con demanda y oferta girando alrededor de un puñado de servicios pero con acceso global. Por si ya fuera complicada la gestión empresarial, en el seno de una organización emergente queremos también en muchos casos ocuparnos de cosas como la gestión de la liquidez, la oferta monetaria, los tipos de cambio, los ataques de grandes capitales, etc. y todo ello mezclado con la gobernanza. Son unos años realmente apasionantes. Mr Management meets Mr Market!

Metodologías sin alma

Asumiendo el emprendimiento como vehículo para la innovación, estábamos tan preocupados por saber cómo montar negocios que nos olvidamos de pensar más qué negocios debíamos montar. Por supuesto queridos lectores que en muchos casos nadie es quien para decir si un negocio es o deja de ser digno, y ser capaz de montar uno (que alimente a la familia) es en sí mismo digno de todo elogio. Pero volviendo a la reflexión que plantea el artículo, quizás debíamos haber pensado más en generar un tipo de valor diferente, que nos una en vez de separarnos, o que controle mejor las externalidades.

Lean startup design thinking me parecen fantásticos. No se les puede criticar que sirvan para lo que se les diseñó, pero aunque a todos nos enamoró escuchar a Sinek dándonos permiso para pensar en lo que hacíamos, no ha habido una evolución acorde de los frameworks de desarrollo. Hace tiempo que llegó el tiempo de pensar qué hacemos por encima de centrarnos en el cómo lo hacemos.

El mundo del diseño, tan tradicionalmente ajeno al lenguaje de los negocios, sí ha encontrado en los ODS un marco con el que poder conectar a gusto. El mundo empresarial igualmente ha encontrado en ellos una vía mucho más amplia y clara de comunicación con la sociedad de lo que consiguieron tenerla los exiguos Objetivos del Milenio. Acompañarlos con cambios normativos y con fondos también algo han tenido que ver.

Cuando el éxito de mercado (viabilidad) es necesario pero no tiene por qué ser suficiente, no nos podemos guiar únicamente por marcos operativos o estratégicos centrados totalmente en él. Deseabilidad nos dicen, un bocado demasiado grande que abordar sin más guía. Cuando puede llegar un día en que no sea tan héroe un emprendedor de éxito si no ha impulsado una transformación positiva, entenderemos que la innovación no es tanto sobre tener y ejecutar ideas como lo es sobre encontrar problemas significativos. Pocas metodologías abordan el territorio de la voluntad.

La innovación, el cambio, han pasado de estrategia y práctica a tener estatus de objeto de deseo. La novedad como fin en sí mismo no la inventó la innovación, pero sí le ha dado un traje nuevo con el que vestirse. ¿Será cierto eso de que si no somos parte de la solución es que somos parte del problema?

Organización: a vueltas con qué es la innovación

Toda presentación de innovación que se precie tiene que empezar por una definición de la misma. Generación de valor…mercado…crear…producto…proceso…son términos que solemos encontrar habitualmente. Encuentro decepcionantes este tipo de definiciones, porque dejan fuera precisamente las grandes innovaciones que más necesitamos: las del sistema socio-económico. El decrecimiento como estrategia ante la evidente dimensión finita física del planeta y la escasez de recursos con relación al esfuerzo en conseguirlos son una buena muestra de ello: a veces para avanzar hay que retroceder, y si nos empeñamos en hacerlo bien, puede que nos demos cuenta de que la tecnología no siempre puede ser la solución para todo.

Las transformaciones normalmente incluyen cambios tecnológicos, pero las transiciones son definidas por los cambios sociales y económicos, y habilitadas por los cambios institucionales.

En un tiempo donde el impacto está directamente asociado a la efectividad de nuestros ecosistemas de innovación y emprendimiento (hasta el punto de haber propuestas de organizar grandes organizaciones como ecosistemas semi-estructurados de equipos autónomos), es fundamental contemplar con visión amplia la innovación.

Hemos vivido unos años de grandes inversiones en venture capital y carreras para la creación de unicornios, seguidos de sonados casos de down rounds millonarios o directamente quiebras del modelo, mientras que faltan incentivos para el apoyo de multitud de otras innovaciones disponibles o que podrían ser.

Quizá las grandes empresas no tienen por qué ser el entorno más adecuado para liderar este tipo de innovaciones. Quizá aún nos falten instituciones y estructuras a nivel internacional para ser capaces de operar a la escala necesaria en este ámbito. Quizá también nos falte madurar a nivel sociedad (no hay más que ver lo que suele ser Twitter un día cualquiera).

Todos conocemos que la teoría de la evolución dice algo así como que sobreviven los que mejor se adaptan al cambio. Expresado de otra manera, el sistema optimiza en base a una cierta función de selección y unos mecanismos de transmisión. ¿Qué función es la que estamos optimizando?

Comentarios finales

No soy el primero ni el único en plantearse cuestiones como éstas. Pero tampoco se discuten lo suficiente ni en circunstancias suficientemente orientadas al impacto.

Las cosas raramente valen para todo o no valen para nada: el vídeo no acabó con la estrella de radio. Es más, estrellas musicales y medio audiovisual acabaron teniendo un gran y largo idilio que aún hoy sigue evolucionando y da que hablar. Tecnologías y metodologías son herramientas que debemos poner a nuestro servicio, y no podemos eludir la responsabilidad de definir cuál es ese servicio.

Innovar no es suficiente. Como cambiar tampoco lo es. En esta suerte de determinismo tecnológico, no caben las recetas. Aunque sí podemos señalar algunos ingredientes.

La actuación en base al conocimiento (aprendizaje) es uno de los recursos más valiosos para el progreso. No me digan que es algo obvio, piensen antes en el número de veces que se actúa en temas muy serios por motivos políticos, lo que viene a decir que se actúa por un entramado de intereses que típicamente tienen sentido en un marco demasiado parcial (de comprensión, interés, influencia, etc. en una dimensión temporal, geográfica, social…). O en todos los casos de limitaciones epistemológicas y problemas perversos en los que la generación de conocimiento para empezar no es tan sencilla.

El lugar de la ciencia a este respecto, aún con sus imperfecciones, es incuestionable, tanto de las denominadas ciencias formales y naturales como de las sociales, si bien no es ni el único mecanismo ni uno suficiente. No es el único, porque hay multitud de conocimiento (muy válido y con gran impacto) generado en ámbitos que trascienden al científico y que tardan en ser objeto de su interés o de generar valor al ser atendidos por la ciencia. De hecho, la mayoría de invenciones, que conforman el mundo actual tal y como lo conocemos surgen de entornos no científicos (¿el sistema financiero se creó en un laboratorio?).

Y no es suficiente, por un lado, porque el impacto surge del uso de ese conocimiento. La denominada transferencia de tecnología y conocimiento es tan vital como históricamente complicada de llevar a cabo (aunque más que transferir, haya que co-crear). Sobre todo, cuando el impacto implica cambios de mentalidad comportamiento, y sin encaje en un modelo mercantil. Uso que además excede el ámbito científico para adentrarse en el ético. Y por otro lado porque los tiempos de la ciencia no siempre son los tiempos de lo que se necesita, por lo que, como todo en la vida, hay que saber equilibrar.

Sin embargo, la ciencia es la gran aliada para ayudar a modular y evolucionar las cosas de esa forma consciente, intencionada, y holística. Tanto en su faceta más analítica como en la sintética, desde el impulso de políticas públicas apoyadas en conocimiento científico a intervenciones en la línea del action research de Lewin en todas sus formas y extendido a otros campos, cuesta ver un escenario de progreso sin ciencia. Como escuché una vez decir a propósito de la universidad, “aunque las plataformas de algún modo hicieran que las universidades tuviéramos que cerrar, son tan buena idea que habría que inventarlas de nuevo”.

La colaboración (y el rol de los ecosistemas) sería sin duda otro de mis ingredientes a destacar. El camino de la colaboración no suele ser un camino fácil: cualquier relación exige dedicación, comprensión, y paciencia. Pero precisamente ahí radica la oportunidad: hay muchísimo margen en la definición e implementación (innovación) de herramientas en estos ámbitos, tanto tecnológicas como metodológicas.

Y por último, el pensamiento crítico (y sus hijas voluntad inclusividad). No en abstracto, sino en un sentido de lo más pragmático: la única manera de resolver muchos problemas (desde luego los más grandes que afrontamos), es reconociéndolos en primer lugar. Identificándolos profundamente. Negacionismos aparte, está claro que tenemos problemas de cambio climático o de contaminación variada. Pero ¿el problema subyacente está en nuestro estilo de vida? ¿Está en nuestros procesos de gestión (p.ej. de residuos)? ¿En nuestras estructuras de gobernanza política? ¿En nuestros sistemas de gobernanza científica, que no han sido capaces de focalizarse a tiempo en estas cuestiones? ¿Somos la sociedad en conjunto incapaz de actuar conforme a una inteligencia colectiva? ¿Intuimos (o sabemos) dónde están los límites tecnológicos al respecto? ¿Estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades? ¿Cómo es posible que no tengamos el más mínimo consenso a nivel de toda la sociedad sobre estas cuestiones?

A fin de cuentas, ¿tenemos el mundo que queremos? De hecho, ¿cuántos sabríamos describir qué mundo tenemos? En una dinámica de complejidad incremental, lo que está claro es que ahora no tenemos cosas como el Centro de Estudios de Riesgos Existenciales por nada. Ni la innovación ni el cambio como fines en sí mismos van a solucionar nada. Innovar solamente, nunca va a ser suficiente.

 

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